Las buenas razones

Salvador Giner
La creencia es uno de los mayores enigmas de la condición humana. Las gentes creemos en las cosas más dispares. Por lo pronto, creemos a pies juntillas en un conjunto de fenómenos prácticos, que posibilitan nuestra vida cotidiana. Así, cuando me apresto a salir de casa creo en la existencia del tren que me llevará a mi trabajo, de modo que me voy a la estación del metro con plena seguridad de que allí estará. (Ni siquiera la amenaza de una huelga de ferroviarios me disuadirá de mi creencia.) Ni tampoco que desconozca el mecanismo que hace marchar el tren sobre las vías. El aborígen australiano ignora las leyes aeronáuticas y dinámicas que permiten el sensacional vuelo inverso del búmerang, pero cree en su uso y lo lanza con admirable destreza. Cree en él, caza con él, venera a los espíritus que lo llevan con sublime elegancia por los aires y se lo devuelven con absoluta precisión a la mano expectante. Menos que un aborigen saben muchos de los que guían sus automóviles acerca el motor de explosión interna. Filósofos hay que han extendido esa noción y afirmado que las creencias –hasta las más ontólógicas y sin excluir las religiosas– son meros hábitos. Así, creer en el tarot o en el horóscopo es una superchería inocente –o un negocio regular– que comparte con el juego en ser entretenimiento y cura para la ansiedad, aunque algunos crean en ellos contra toda evidencia empírica. Pero esencialmente es una costumbre cultural que se practica en ciertos ambientes. Algunos creen en milagros también, contra toda evidencia racional. No les interesa constatar que no existen. Imagínense por una vez un Ser Supremo que los permitiera, es decir, que permitiera leyes que van en contra de las por él impuestas, es decir, en contra de sí mismo.
No van muy desencaminados quienes relacionan fe y creencias con hábitos y costumbres. Muchas gentes de fe religiosa, creen en mitos, dogmas –por ejemplo: el hombre posee alma; ésta es inmortal; Dios dictó el Alcorán a un Profeta, llamado Mahoma– como hábito. Se lo han enseñado. Es por lo tanto una costumbre recibida. Una convicción que se les ha inculcado desde que nacieron. Por eso hay quien opina que las creencias son subproductos de la vida social. Parece cierto que una masa verdaderamente crítica de creencias humanas –desde las cotidianas a las más profundas o de más sobrenatural o metafísica pretensión– procede de la vida social. Los sociólogos y etnólogos se inclinan en su mayoría por esa interpretación de las creencias. Una minoría, en la que me incluyo, cree (he dicho ‘cree’) que la humanidad comparte ciertas predisposiciones (ahora se diría genéticas o en el ADN humano) universales credenciales, una posible gramática epistemológica universal, compartida por todos. Ésta, a mi entender, es menos subproducto de la sociedad de lo que pueda pensarse. (Opinión que es una contaminación kantiana, sin duda, de la que algunos no nos avergonzamos en absoluto, aunque reconozcamos pertenecer a especies en posibles vías de extinción.)
La búsqueda de la gramática compartida, pero también del contenido de nuestras creencias, es decir, de las afirmaciones ontológicas comunes sobre lo que es –y lo que no es– es una tarea de infinita fascinación, sobre todo –oso afirmar– para los más agnósticos, puesto que los que ‘ya saben’, ya saben, y tienen poco que indagar y mucho que adorar, o que temer, o en lo que confiar. Quien no duda, no busca. Pero no entraré en ese territorio.
Cuando aludo al agnosticismo no me refiero solamente a la religión. Por ejemplo, no ha mucho el panorama estaba lleno de marxistas (ahora por arte de birlibirloque, desvanecidos) que creían en las ‘férreas leyes de la historia’ (según una doctrina específica), es decir, que las ponía en marcha dialécticamente (¿significado?) según un proceso llamado por ellos ‘lucha de clases’. También afirmaban que, en virtud de tales leyes, el advenimiento del socialismo era inevitable y que éste culminaría en el comunismo universal. Pues bien quienes afirmaban todo ello –con contundencia religiosa– también sostenían que la religión era el opio de pueblo y mera superchería. (Lo suyo aparentemente no era una opiácea ideología.) Hasta ayer mismo otra serie de creyentes –algunos de ellos habían pasado antes por una ferviente fe en las aludidas férreas leyes de la historia– abrazó con entusiasmo la certidumbre de otra doctrina, la liberal o neoliberal, tanto para la economía y como para la política. Ya ven las consecuencias. Pero a algunos creyentes las consecuencias les tienen sin cuidado.
Estos ejemplos bastan para hacernos pensar que las creencias no son sólo cosa de religiones sobrenaturales o ultraterrenas, como la cristiana. Hay quien cree en la ciencia –fe muy cuerda– y hasta sostiene que tarde o temprano todo lo explicará. Lo cual ya no lo es tanto. Por otra parte, la presencia de las posiciones integristas –como solía decirse– o fundamentalistas, en cuestiones de fe ultraterrena, tampoco puede confinarse al pasado. De la modernidad de Al Queida, con sus inolvidables destrozos en Manhattan, Atocha y Londres, no puede dudarse, puesto que los fanatismos destructores son también fruto de lo moderno, y no meras antiguallas supervivientes de tiempos remotos más o menos feudales. Lo demuestra el nazismo con su invención de la persecución étnica más atroz según las normas de la producción industrial del genocidio durante el siglo xx. (Lo cual ocurrió en una nación de cristiana tradición –tanto luterana como católica– como fue Alemania. La incapacidad de este país, así como de la muy católica Austria, por impedir la barbarie no ha sido aún satisfactoriamente explicada.) Tampoco la Santa Rusia –de muy profundas creencias– supo poner coto a su barbarie particular, la del stalinismo. De la llamada Santa Cruzada que trajo a España la desolación de una inmisericorde guerra civil no es menester hablar. Tampoco de las brutales guerras de religión –musulmanes, católicos, ortodoxos orientales –que ensangrentaron los Balcanes hace unos años. Para exterminar hace falta creer a fondo. Para empezar, hay que demonizar a las víctimas, lo cual justifica la matanza. Luego dicen que no existe Satanás. Y lo dicen algunos que creen en las partes que les convienen de la doctrina en la que moran, o dicen morar.
Todo esto –y los excesos de algún necio pastor protestante de Florida, dispuesto en este año de 2010 a provocar la ira mortal de los musulmanes del mundo quemando ritual y públicamente su libro sagrado– aconseja la mesura y sobre todo la interiorización de las creencias. Su privatización. Pero el triunfo de un laicismo beneficioso para todos parece aún muy remoto en muchos países. Hay quien lo confunde con la hostilidad a las creencias religiosas. Mientras ello no acaezca, el estudio de la sociología religiosa del mundo nos enseña que prácticamente todas las creencias han permitido que se desencadene la furia más inhumana en su nombre. En unas u otras circunstancias las religiones han estimulado la extorsión, la explotación, la tortura. Han permitido, como lo ha hecho la religión vaticana, la esclavitud en gran escala. (¿Qué pruebas hay de que fuera prohibida en algún momento anterior al nacimiento del movimiento abolicionista iniciado por laicos ilustrados en el siglo xviii?) Hay eso sí, algunas indicaciones de que por lo menos una religión, la budista, con mayor frecuencia que las demás, incita a la paz y a la convivencia. Pero tampoco tal inclinación carece de excepciones, para que podamos sostenerlo tajantemente. A la excepción no se escapan ni los admirables cuáqueros. Algunos de sus feligreses –como el presidente Nixon– no se me antojan muy pacifistas, ni en la política exterior ni en la interior de su país.
Si cuanto llevo afirmado hasta aquí tiene cierta credibilidad (las creencias, como ven, alzan siempre su testuz) queda poco para no sumirse en un escepticismo universal. Pero a ese poco, a mi entender, conviene aferrarse. Lo que queda es la cautela, la prudencia que Benito de Espinosa siempre recomendaba y que no inmoviliza el pensamiento. Ciertamente no le inmovilizó a él, el más sabio de los filósofos, maldecido por sus correlegionarios y expulsado de la Sinagoga y luego vilipendiado toda su vida por ateo por tirios y por troyanos. Como si lo hubiera sido en el sentido en que los ateos –verdaderos creyentes fundamentalistas en la ausencia de Dios– niegan que exista un ser distinto, personal y todopoderoso. Supongo que se le acusó de ello por identificar a la naturaleza con la divinidad, opinión perfectamente sensata, para la que abundan buenas razones, no sólo científicas, sino morales, para mantenerla. Aunque la conjetura más probable sea que a tal naturaleza le tenga sin cuidado el miserable destino de la humanidad. Si no, ya me dirán, amables lectores, cómo permite genocidios, salvajadas, fanatismos, tormentos e injusticias sin cuento. Ni los permite ni los fomenta. Sencillamente, pasan. (Es una opinión personal, una creencia, si prefieren.)
Estoy dispuesto a escuchar una respuesta convincente y a mudar de opinión. Mientras llega, tendremos que aferrarnos sólo a las buenas razones, es decir, a aquéllas condiciones de toda índole que nos inclinen a dar por válida una creencia, con imparcialidad. Tiene buenas razones para creer quien obedezca las costumbres de su país para acudir a la mezquita o al templo: con la gran aprobación de su comunidad, o en abundantes casos, para evitar el peligro de represalias si se desvia de lo que manda la ley de quienes mandan. Buenas razones para robar a quien atenace el hambre. (No las tiene quien delinque por malicia pura.) Buenas razones para votar a su partido político a quien le prometan un puesto en la alcaldía. Estas son malas buenas razones, si se me permite la expresión. Las que son buenas, en sí, y para sí, al final sólo la conciencia moral del hombre las conoce. Creo –tengo esa creencia– y hasta quiero creer, que existen. Pero no acabo de creer que quienes “tienen hambre y sed de justicia” o que “los pobres de espíritu” vayan a ir al reino de los cielos. Sólo querría creerlo. Sería hermoso. Justo. Cualquier agnóstico puede creer que la caridad –la fraternidad– de los cristianos y la compasión –y la solicitud– de los budistas responden a verdades profundas que no sabe explicar, y en las que uno querría creer. Pienso también que son un enigma. Un enigma –no un misterio– que sólo algún dios escondido, por decirlo como Blas Pascal, sabría descifrar.

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