La religión es el opio del pueblo
Mejor morfina

Rafael Díaz-​Salazar
La humanidad ha producido a lo largo de su historia todo tipo de remedios para sobrellevar y disminuir el dolor. Uno de ellos es la religión como opio y morfina del pueblo. Gracias a ella millones de personas pueden encajar el sufrimiento en su existencia. Me parece que es importante distinguir entre opio y morfina en el ámbito de la religión como sedante de la vida dolorosa. La morfina tiene elementos sanadores y el opio es una droga que genera males más allá de las sensaciones placenteras inmediatas.
La religión ha sido y es un factor de alienación para millones de personas. Por ello constituye un serio obstáculo para la emancipación humana. ¿Acaso no fue crucificado Jesús de Nazaret por blasfemo, por enemigo de la religión sacerdotal del Templo? ¿No ha sido él uno de los principales críticos de la religión? La lucha contra la religión como opio del pueblo es una de las principales tareas que hay que realizar hoy día y por eso son tan saludables las críticas creyentes y ateas de la religión.
Ahora bien, el mismo Marx, un poco antes de hablar de la religión como opio, dice algo muy interesante: “La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón, el espíritu de una situación carente de espíritu”. Las personas no podemos vivir sin corazón y sin espíritu y, por eso, cuando la realidad nos los arrebata por la pobreza, la soledad o la explotación, tenemos que construir estados de conciencia y generar sensaciones que nos otorguen momentáneamente al menos lo que la vida cotidiana nos niega.
Aquí aparece la religión como morfina, como droga benéfica; especialmente para los pobres. En diversos lugares de América Latina y, especialmente en Brasil, he podido comprobar este hecho en celebraciones de iglesias pentecostales. Por eso, las comunidades de base y la misma teología de la liberación, y no digamos el catolicismo jerárquico, van siendo desplazados por esas religiones morfinómanas. El cristianismo de liberación lucha por la revolución, pero los pobres no pueden esperarla para ser felices y muchas veces no tienen energías para el combate político. Por eso, les resulta más práctico consumir el nuevo emocionalismo religioso.
Uno de los grandes cambios sociológicos ha sido el surgimiento de religiones antiopio. Es cierto que a lo largo de la historia, siempre han existido movimientos religiosos de protesta social. Pero nunca habían sido tan fuertes como en la actualidad. Desde hace más de un siglo, la fuerza revolucionaria de las religiones crece sin cesar. En Europa, el actual opio del pueblo no es religioso; es de otro tipo. La religión ya no es sólo ideología y falsa conciencia. Ella también genera conciencia de clase, es energía y vitamina para el compromiso sociopolítico, es fuerza revolucionaria. No en vano, más del 70 por ciento de los delegados de los movimientos que se articulan en torno al Foro de Porto Alegre, crisol del altermundismo, se declaran personas religiosas.
En todos los países contamos con ricas historias de vida que nos muestran cómo los intoxicados por la religión como opio del pueblo también han sido capaces de salir de ese estado y a través de un cambio intrarreligioso convertirse en hombres nuevos, en combatientes por un mundo más justo, libre y fraterno. Un bellísimo relato de este proceso, centrado en la generación que luchó en España contra la dictadura, puede leerse en el iluminador libro de José Antonio González Casanova, Comín, mi amigo. Léanlo y verán los efectos emancipatorios, liberadores y libertarios que también produce la religión.

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