EDITORIAL

Siempre queda algo

Jordi Pérez Colomé

En primavera recibí un correo electrónico de un catalán que vivía en Mántova, Italia. Trabajaba para la organización de un festival literario. Me invitaban a hablar de periodismo en la siguiente edición en septiembre. Acepté en seguida. No por el festival, sino por Italia. Voy a Italia siempre que puedo; si me invitan, más. No le di más importancia hasta que una amiga italiana me escribió al cabo de unas semanas: «¿Vas al festival de Mántova y no me lo has dicho!» Se había enterado porque se acababa de publicar el programa y, aparentemente, decenas de miles de italianos lo recibían y reservaban rápido sus entradas para los actos.
A principios de septiembre tomé el avión a Bolonia. Llegué al aeropuerto a las 11 de la noche y me esperaban dos personas –un chófer y una chica que hablaba español– con un cartel con mi nombre sin faltas de ortografía. Me llevaron a Mántova y me dejaron en el hotel. Durante el viaje me advirtieron: «Este festival no es una fiestecita cualquiera». Al día siguiente, tenía mi acto: hablaba con otros dos periodistas italianos más jóvenes que yo. Ninguno de los tres era conocido. Me enteré que para entrar a los actos había que pagar un billete de 5 euros. ¿Quién iba a pagar para ver a tres periodistas desconocidos? En la sala había unas 120 personas.
Fue solo el inicio de mi sorpresa. Estuve tres días más en el festival. Fui como asistente a charlas de un escritor egipcio, uno americano, una israelí y uno francés, además de varios italianos. Incluso fui a ver al pequeño teólogo de la liberación Gustavo Gutiérrez, que hablaba con una candidez tremenda en un italiano macarrónico junto a un cardenal alemán. Fue un espectáculo. En algunos actos había cientos de personas, sin un solo lugar vacío, todas habían pagado su entrada y la mayoría escuchaba con atención. Hace años que no leo novelas porque me interesa más el mundo real, pero el ambiente del festival y algún escritor hizo que me interesara por su trabajo. Pero eso no es lo importante. La noticia era que en cuatro días decenas de miles de personas pagaban por oír y ver a escritores.
El Festivaletteratura de Mántova lleva 17 ediciones. Todo está bien organizado: los actos empiezan puntuales, los intérpretes que traducen son magníficos y si un acto no acaba de ser interesante, seguro que el siguiente lo es. Pero no podía dejar de pensar: esto interesa igual que un festival de música moderna y encima los protagonistas no actúan, solo charlan. ¿Por qué aquí han logrado esta proeza? En general, si algo no interesa es sano que desaparezca. Un espectáculo como el de Mántova confirma mi opinión. La literatura, el arte, la escritura no van a extinguirse aunque nos preocupe. Un cambio de formato –las innovaciones digitales u otro– no va a provocar, así como así, la muerte de un arte antiguo. Pero siempre queda la duda de qué interesa más y por qué.
A la gente solo le interesa el fútbol y los programas del corazón, se suele decir. También algunos programas o series. Es verdad. Las audiencias lo demuestran. Son industrias que mueven más dinero. He conocido a más personas que saben hablar de fútbol que de libros. Hace unas semanas murió una persona que era justo lo contrario: Martín de Riquer. Le vi solo una vez en mi vida, para una entrevista que hicimos con Lorenzo Gomis en casa de Riquer hace más de diez años. Durante todos estos años me he acordado a menudo de una frase que nos dijo Riquer y que recordamos en este número. Preguntó a unos estudiantes si habían leído el Orlando furioso, de Ariosto. Nadie levantó la mano. Y Riquer: «Señores, tengo el gran honor de felicitarles. Les felicito porque aún les queda en esta vida el placer de leer el Orlando furioso».
La frase de Riquer tiene trampa. El goce del Orlando furioso requiere una educación. Si quedaran seis meses de vida a mucha gente que conozco, no escogerían el Orlando furioso como último gozo. ¿Por qué no si ya no se tendrían muchas preocupaciones ni prioridades? ¿Por qué no seguir entonces una recomendación de un sabio como Riquer? No se disfruta igual algo nuevo que algo que hace tiempo que uno conoce.
En su «Diario» de este mes, Joaquim Gomis confiesa que ha leído Los hermanos Karamazov de Dostoyevsky porque lo recomendó el papa Francisco. No creo que Francisco sepa de libros más que Riquer, pero su recomendación es igual de válida. Joaquim la ha seguido porque le gusta el criterio del Papa; de este Papa.
La alegría de haber disfrutado mucho de algunos libros en mi vida me ayuda a entender las palabras de Riquer o Francisco. No por eso juzgaré a quien no le guste; ni siquiera estoy seguro de si habrá tenido peor suerte. Me gusta ver un festival de literatura en Italia lleno; me gusta ver que una revista loca como El Ciervo puede vivir más de 60 años, que haya jóvenes que les parezca interesante y que otras nuevas sigan saliendo; me gusta que el Papa recomiende libros de Dostoyevsky y que Joaquim siga su consejo. En 2013 hay espacio para todo eso. Es una gran noticia que ese rincón de la lectura siga tan vivo o más que en otras épocas –seguramente más. La oportunidad de vivir en una época así es para no quejarse de decadencias. Siempre podremos aprender a leer el Orlando furioso. Si queremos.

Número 755

Enero/​Febrero 2016

>Suscribirse a El Ciervo

>Pedir este número


Artículos destacados

Revistas del grupo

Nuestra redacción

Publicidad