EDITORIAL

Supermán no existe

Jordi Pérez Colomé

El papa Francisco cumplió en marzo su primer año en el Vaticano. El director del Corriere della Sera fue a entrevistarle «en una salita de la [residencia] Santa Marta. Una sola ventana da a un pequeño patio interior que descubre un ángulo minúsculo de cielo azul». Ahí vive el Papa. El periodista le preguntó por la «franciscomanía» que se ha desatado. Francisco responde, parece, molesto: «Se dice por ejemplo que [el Papa] sale de noche del Vaticano para ir a dar de comer a los mendigos en la calle Ottaviano. Nunca se me ha pasado por la cabeza. Sigmund Freud decía, si no me equivoco, que en todas las idealizaciones hay una agresión. Representar al Papa como a una especie de Supermán, una especie de estrella, me parece ofensivo. El Papa es un hombre que ríe, llora, duerme tranquilo y tiene amigos como todos. Una persona normal».
Es la mejor descripción de su mayor cualidad: el Papa es un hombre normal. Francisco descubre así un secreto: las otras personas con poder también son como el resto. El poder del Papa no es como el de Vladimir Putin. Pero la fama y el cargo dan también poder, aunque sea de otro tipo. Es una maravilla que Francisco use ese poder para decirnos que ser Papa es una labor más dentro de la Iglesia, igual de importante que otras. La afirmación no es impostada. En sus respuestas, se nota que detrás habla alguien que piensa y cree lo que dice. Es natural. No «representa» el papel que podría acarrear su institución. Por ese peso pareció dimitir Benito XVI. Francisco en cambio vive la Iglesia como una institución natural, humana, en marcha como si fuera un paseo, con la carga aceptable de unos siglos que han construido otros hombres como nosotros, no seres sobrenaturales.
La humanidad de los líderes es aún poco valorada. Calará despacio, porque la presión del cargo no es una tontería. Cuando tropas rusas entraron en Crimea, el mundo miró al presidente Obama: ¿cómo iba a responder? Algunos sectores pedían una bravuconada: «¿Es el presidente Obama lo bastante duro como para enfrentarse al ex coronel del KGB en el Kremlin?», escribía un periodista del New York Times. Nadie quería una guerra, claro, al menos de momento. Pero Obama debía hacerse el chulo. Si la chulería derivaba en tensión y muertes, son cosas que pasan. Esa es la presión del cargo.
Hace cien años, los dirigentes europeos no supieron resistir a esa presión con naturalidad. Era otro mundo. Este año se cumple el centenario de la Primera Guerra Mundial. «El honor y los duelos eran tomados muy en serio por los ejércitos europeos», escribe hoy la historiadora Margaret MacMillan, que cita a un pensador alemán influyente en la generación de 1914, que escribió: «Si la bandera del Estado es insultada, es el deber del Estado pedir satisfacción, y si la satisfacción no llega, declarar la guerra, por muy trivial que la ocasión pueda parecer». Algo queda hoy de esa presión absurda. Por suerte, de momento, no parece llevar a guerras, aunque sí a conflictos. Detrás de una guerra siempre hay intereses estratégicos, pero es importante que cuestiones de presunto orgullo nacional no influyan en la opinión de todos. Para eso está el fútbol.
Las palabras y hábitos del papa Francisco demuestran que la pompa del cargo no significa nada extraordinario. Las pretensiones exageradas de los grandes deben ponerse en duda. En una larga entrevista hace unas semanas, Obama decía: «Estamos en este planeta bastante poco tiempo, así que no podemos rehacer todo el mundo a nuestro antojo. Somos solo parte de una larga historia. Solo intentamos acertar con nuestro párrafo». En este número de El Ciervo tratamos tres temas que ocupan más de un párrafo de nuestra historia: la educación, la inmigración y la globalización. Su progreso depende del esfuerzo, ideas y sufrimiento de miles de ciudadanos. La inmigración está por desgracia de nuevo estos días en los titulares. Creo sinceramente que si hubiera una solución alguien en el mundo la habría encontrado. Pero el deseo humano de querer una vida mejor puede con cualquier ley, ahora y en el siglo XIX.
La prueba de que ese deseo triunfa es que la emigración en todo el mundo en las últimas décadas ha creado sociedades distintas. La globalización ya no es solo cultural, sino también humana. El cambio no ha estado en manos de ningún político, que solo puede dar bandazos o empujones con sus decisiones. Las cosas importantes pasan despacio porque deben pasar. Hay que agradecer al Papa que reconozca sus limitaciones y nos dé otra perspectiva. En todas las idealizaciones hay una agresión, decía el Papa, sea contra quien sea. Es más fácil comprender un mundo real, a nuestra escala. Dejemos a los humanos equivocarse. El Papa –ni nadie– no es Supermán porque Supermán no existe.

Número 755

Enero/​Febrero 2016

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