Editorial

Los líos sin solución

Jordi Pérez Colomé

Hace poco leía un artículo de un comentarista norteamericano. El presidente Obama viajaba ese día a Estonia. Iba a prometer a los estonios que la OTAN les defendería ante cualquier incursión rusa. La situación que se vive en el este de Europa recuerda a otra época. Pero el comentarista miraba atrás y veía un panorama distinto: “Si me hubieran dicho, en 1986, que un presidente de Estados Unidos haría una visita a una Estonia miembro de la OTAN, hubiera dudado de la cordura de mi interlocutor”. Sin embargo, ocurrió.

Mientras editábamos este número, revisé la segunda entrega del reportaje de Toni Comín sobre su estancia en la casa de los Mandela en Sudáfrica. Cuenta su visita a la cárcel de Robben Island. Los guías que enseñan el lugar son ex presos que convivieron con Mandela en su cautiverio. Dice Comín que Mandela les enseñó varias lecciones. Una era empezar a perdonar ya desde las celdas, a sus carceleros. Si no, la rabia les consumiría y al salir solo tendrían ganas de venganza y no de empezar a construir un país nuevo y libre.

Este verano Estado Islámico ha avanzado por Irak y sembrado violencia. Estados Unidos acusa en parte al gobierno de Irak por el éxito militar del grupo. El gobierno chií de Bagdad habría marginado y castigado a los suníes por ser aliados de Sadam Husein. La emergencia ahora de un aliado suní potente –a pesar de extremista– hizo que las tribus suníes se les unieran en contra de su gobierno.

Estados Unidos lamenta que en esta década desde la invasión, Irak no haya logrado una reconciliación entre suníes y chiíes. Cuando se piensa en reconciliaciones, Sudáfrica es siempre el gran ejemplo. También para los iraquíes. En 2013, el “asesor de reconciliación” del primer ministro iraquí fue a Sudáfrica a intentar aprender de la experiencia. Igual que Comín, visitó la cárcel de Robben Island y los guías le contaron las virtudes del esfuerzo de Mandela. El asesor iraquí, Amer al-​Khuzaie, al acabar el paseo, preguntó al guía: “¿Cuántos prisioneros fueron ejecutados durante los años de cautiverio de Mandela?” “125”, le dijeron.

Al Khuzaie ya tuvo suficiente: “Es una situación incomparable. En Irak eran mil al día [con Sadam Husein]”. Más allá de la precisión del dato, Al Khuzaie ya tenía su teoría: “La cultura de los iraquíes no va con el perdón. Venimos del desierto; nuestra cultura es la venganza”. Los métodos de Mandela o de Gandhi son admirables, pero requieren unas circunstancias concretas. Hoy en Oriente Medio no se dan: ni en Irak ni en Siria ni en Palestina ni en Líbano ni en Egipto ni en Libia ni en Yemen.

En una entrevista reciente, el legendario periodista norteamericano Gay Talese comentaba su rutina matinal de leer el periódico nada más levantarse –debe ser de los últimos que lo hace. Sobre una información de Libia, Talese decía al entrevistador: “Con Gadafi en Libia se vivía mejor”. Es una frase que no es fácil de digerir. ¿Hay países en el siglo xxi que no pueden gobernarse si no es por un déspota? Quizá depende de tradiciones, épocas y circunstancias. Rusia vive bajo dictadura y su población no parece lanzada a por la democracia. En Egipto pasa algo parecido. O en China. Tampoco todos los regímenes represores son iguales.

¿Qué significan todas estas experiencias? Este verano el mundo ha estado lleno de calamidades: Ucrania, Ebola, Estado Islámico, Gaza, por citar las principales. El asesor iraquí Al Khuzaie o el periodista Talese piensan que hay lugares sin solución. Puestos a pelearse y matarse, mejor que gane uno que sepa mantener los conflictos dentro de su frontera y que paguen con represión solo unos pocos. Es un pensamiento feo, que a menudo no nos permitimos: siempre queremos lo mejor para todos. Pero ocurre y es mejor reconocerlo. Las soluciones en muchas crisis son dos: o que ganen los malos o mucha más violencia. ¿Dónde está el límite? ¿Cuándo es mejor aceptar algo de violencia para evitar masacres?

El mundo siempre ha sido un lío”, dijo Obama a principios de septiembre. Los analistas encontraron que era una excusa para no ser más activo en estos conflictos sin solución. Puede ser. El presidente de Estados Unidos es de los pocos humanos con capacidad para crear o solventar problemas que afectan a millones. A todos nos gustaría que cada país en guerra tuviera su Mandela a punto de emerger o que los marines llegaran para salvar a los buenos, como en las películas. Pero hay lugares que han tomado otro camino y cuya solución de convivencia aún no pasa por un líder carismático ni por una invasión. Ya llegará con el tiempo, como le pasó con Estonia. Aunque como con Estonia, nada es inmutable.

La cautela no es debilidad. El mundo es más retorcido de lo que imaginamos. Las circunstancias de vida en otros países son tan duras que ni nosotros sabemos cómo reaccionaríamos. El bien y el mal requieren condiciones: Mandela ayuda, pero no hace milagros. La esperanza es que cada vez haya más condiciones en más países para acomodar el bien. Por ejemplo, para evitar catástrofes colectivas como la Primera Guerra Mundial. El tiempo cura. Aunque eso no impide que el mal siga encontrando su espacio. La capacidad de admitirlo y de saber afrontarlo es sabiduría. Pero la sabiduría es difícil.

Número 755

Enero/​Febrero 2016

>Suscribirse a El Ciervo

>Pedir este número


Artículos destacados

Revistas del grupo

Nuestra redacción

Publicidad