Editorial

La importancia del aire

Jordi Pérez Colomé

El papa Roncalli, que murió hace casi 40, tenía en cambio solo uno en su haber. Wojtyla era eficaz incluso desde el cielo. Parecía que el italiano no iba por tanto a poder ser santo. Pero el papa Francisco dio el impulso definitivo: para Juan XXIII, con un milagro ya bastaba.
La cortesía del papa Francisco con Juan XXIII es comprensible: cuenta un cardenal amigo que si Bergoglio hubiera salido Papa en 2005 –cuando Ratzinger– se hubiera llamado Juan XXIV. Luego el cardenal brasileño Hummes le animó a recordar a los pobres y optó por Francisco. Francisco ha citado también alguna vez el lema de Juan XXIII como una de sus frases favoritas en la gestión de la Iglesia: «Ver todo, cerrar un ojo a mucho, corregir un poco». Es innegable que Angelo Roncalli y Jorge Mario Bergoglio se parecen. El secretario de Juan, Loris Capovilla, ha sido también ahora nombrado cardenal. Esta revista siente un entusiasmo parecido por el nuevo Papa al que sintió por el Papa del Concilio Vaticano II.
El gesto de Francisco de unir ambas canonizaciones va más allá de la simpatía y la recuperación de la figura de Juan XXIII. En la ceremonia apareció también Benedicto XVI, que fue quizá el escudero más leal de Juan Pablo II. Era la fiesta de los cuatro Papas, dos vivos y dos muertos: mucho Papa para una sola Iglesia. Pero era también la representación de dos equipos. Juan y Francisco representan a la Iglesia que camina al lado de todos, que confía, que deja hacer al Espíritu Santo. Juan Pablo y Benedicto tienden a ver la Iglesia como una sólida roca que dirige, que sabe lo que quiere y no duda. Los equipos son buenos para el deporte, porque hay que enfrentarse y solo uno puede ganar. En fútbol uno es del Real Madrid o del Atlético de Madrid. Nadie es de los dos y quiere que empaten; siempre hay una simpatía, aunque sea disimulada. Pero en religión, en política, los equipos son molestos. Al contrario que en el deporte, el empate existe: los dos pueden ganar, o solo perder un poco. Hay margen para aceptar como una bendición a Juan XXIII y entender que Juan Pablo II hizo cosas bien. Francisco quiso predicar con el ejemplo y acercarse a su presunto adversario. La Iglesia debe ser un equipo y dejar suficiente espacio dentro para que todos puedan respirar a gusto. Si hay en algún momento que convencer al rival sobre una opinión, es más fácil hacerlo con confianza.
En Cataluña vivimos desde hace un año y medio una situación similar. Esta revista –hecha en castellano desde Barcelona– debería tener una postura clara ante todo el proceso independentista. Algunos lectores la piden. En las páginas de cartas de este número hay dos ejemplos. El comité de dirección y yo somos la mayoría catalanes. Hemos crecido aquí y oímos desde pequeños argumentos para ser más –o solo– españoles y catalanes. En todo este tiempo, hemos aprendido algo: es un asunto en el fondo emocional y por tanto personal. En un debate infinito sobre sentimientos siempre habrá un argumento admisible y racional al final para tener la última palabra. Es una discusión insaciable, eterna.
A quien le interese, buscará en este editorial palabras o detalles para descubrir si soy más o menos independentista. Si critico la repentina exaltación, se dirá que prefiero la situación actual. Si admito las quejas razonables en la gestión de los impuestos, se creerá que tiendo a apoyar el referéndum. Ya no queda espacio para hablar. Los dos bandos se han comido el terreno del diálogo; solo hay dos opciones: sí o no. Tanto en Barcelona como en Madrid, el espacio político para conversar se ha reducido a la nada. Estamos atrapados y, al menos yo, resignados.
Ya dije en otro editorial que mi patria nunca me ha levantado de la silla. Me gusta pertenecer a un lugar, pero me importa menos cómo se llame. Me gusta que mis gestores públicos sean capaces, pero sé que tanto en Bruselas como en Madrid y Barcelona hay y habrá de todo. Pero estas dudas hoy no tienen espacio. Hay que votar. Yo sé qué votaré, pero mi aportación al debate es anodina. España, Cataluña no quieren debates –porque ha pasado la hora o porque las cosas ya están claras – , quieren posturas. No tengo nada nuevo que ofrecer, más que cansancio. Entiendo al resto.
La situación de la Iglesia era similar. Pero el abrazo de Francisco a Ratzinger, la doble santidad de papas tan distintos da aire para que los equipos se diluyan y se sientan cómodos en esta Iglesia. Es un gesto admirable que honra a este Papa. Si un líder debe hacer algo, es dejar espacio a los demás para que nos sintamos en casa. Esta Iglesia hoy es más la casa de todos. En mi vida, he conocido a gente que piensa justo lo contrario que yo y con quienes me unen más cosas que me separan. Ahora hablarlo es más natural. En España, en Cataluña, hoy no es posible. Pocas figuras parecen dispuestas a abrazarse o a reconocer el desapego con más que palabras. Queda el lema de Juan XXIII: «Ver todo, cerrar un ojo a mucho, corregir algo». »

Número 755

Enero/​Febrero 2016

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